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Agua. La relación más definitiva que nos mueve hacia el agua es la necesidad. Todos los seres vivientes necesitamos agua, en un vínculo indisoluble que mantiene los ritmos de la vida. Sin ese vínculo no es posible el ciclo alimentario, el crecimiento, la salud y la cooperación fundamental que nos permite coexistir con bienestar. La ética de la necesidad del agua nos iguala a todos, humanos y no humanos, en un delicado lazo azul. Pero este lazo de necesidad está siendo alterado de forma dramática por las actividades humanas, que han afectado profundamente las fuentes de agua: extrayendo sin recargar, contaminando sin sanear, acaparando sin devolver, desviando sin reencausar, dañando sin resarcir, utilizando sin cuidar. El lazo azul se está rompiendo gracias a la visión política, económica y cultural de que la humanidad es el fin último de todas las cosas.

La ceguera sobre esta necesidad compartida y sobre este vínculo indisoluble, es el origen de las diversas crisis socioecológicas que han convertido al agua de vida en agua de muerte. Crisis que actualmente se manifiestan agregadas en fenómenos globales como el cambio climático. Pues el olvido clave es que el ciclo del agua y el ciclo de la vida son una sola cosa. No hay progreso humano si este provoca la sed, la enfermedad y la muerte. El progreso humano es una ilusión si lo que provoca en realidad es la desdicha humana y la decadencia planetaria. Las relaciones vitales entre los seres humanos y los seres vivos se deterioran en nombre del artificio del progreso y la acumulación incesante de capital, olvidando que en esa ruptura se nos va la vida misma. Olvidando que lo que le sucede a la Tierra, le sucede a los hijos de la Tierra.

Esta profunda necesidad del agua, nos empuja a replantear nuestra relación cultural con el elemento vital. Se trata de restablecer una relación entre la sociedad humana y el ciclo del agua. Porque el agua no es un recurso, como el leguaje técnico moderno ha querido instalar en nuestras mentes; el agua es un proceso. Reinstalar la comprensión de que el agua es un proceso y no un recurso nos revela la delicadeza de nuestra relación con ella: nos hace entender que si movemos una parte del proceso, movemos el proceso entero. Por eso gestionar el agua no es desarrollar las grandes obras hidráulicas (megapresas, plantas de tratamiento, redes gigantes de colectores urbanos, tuberías de abastecimiento y sistemas de regadíos), como si las obras hidráulicas fueran la fuente en sí misma; sino comprender que somos solo una particularidad del entramado. La infraestructura hidráulica se vuelve un objeto seco si no hay ríos, lagos, agua subterránea y lluvia: si no hay agua de vida. Gestionar el agua no es crear objetos que la contengan o la distribuyan; es conocer nuestra dependencia total del ciclo y desde ahí establecer nuevas maneras de aplicación tecnológica,

científica, administrativa, política, económica y cultural, que correspondan al ritmo del ciclo hidrológico, al proceso del agua. Armonizar nuestro conocimiento humano con la sabiduría del ciclo del agua es el gran reto cultural de nuestra época.

En esta línea de pensamiento sobre el agua se constituye el programa CulturATL: un programa de gestión cultural y de arte con causa. En lengua náhuatl la palabra atl significa “agua” y se encuentra en la base misma de la cultura náhuatl, como lo demuestra su construcción nahua y atl, que quiere decir “lo que fluye bien” o “nuestro fluir”, y que también se relaciona con la palabra nahuati, o sea, “que suena claro”, “que es palabra honesta y resonante”. Para los pueblos antiguos de México, el agua suena, se manifiesta en un sonido deseable; el cuerpo en el agua chapalea, resuena placentera y armoniosamente. Podríamos incluso pensar que la palabra atl, el agua, se forma por el prefijo a, que es una negación, más el sufijo tl, asociado a la superabundancia; si es así, la palabra atl implica una ética y una estética de lo precioso “que no abunda”, que hay que cuidar y respetar porque desde su concepción profunda, “el agua no sobra”, “no debe tener desperdicio”, sino que es siempre justa. De esta manera el agua es la fuente del cualli nemiliztli, el “buen vivir” que no tiene desperdicio y en su propio curso busca el equilibrio y la justicia.

Nos atrevemos a hibridar la palabra cultura (por el concepto latino de cultivare, de clara connotación agrícola, pero también ecológica y existencial) con la palabra atl, porque consideramos que tanto desde el enfoque de la civilización occidental, como desde el México profundo, el agua es preciosa para la existencia vital; es preciosa para nuestro deleite de los sentidos y para nuestra nutrición y cultura; es preciosa para que podamos comprender cómo toda la vida sobre la Tierra y el planeta mismo son un flujo donde todos nos encontramos. El concepto CulturATL pretende así reconciliar dos visiones del mundo: un mestizaje de culturas y seres que desde México entiende la orografía con todas sus implicaciones sociales, de producción y comunicación, como un relieve global perfilado y modelado por los flujos vitales del agua. CulturATL nace entonces del conocimiento de la justicia y de la emoción que produce el agua.

Comporta la necesidad de un nuevo pacto humano con todo lo que fluye y fecunda la Tierra. Es un mensaje cultural y artístico urgente, para que la vida humana reconstituya su amor, su cuidado y su respeto por todo lo que crece entramado a nosotros mismos y gracias a nuestro delicado lazo azul.

Atl
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Agua. La relación más definitiva que nos mueve hacia el agua es la necesidad. Todos los seres vivientes necesitamos agua, en un vínculo indisoluble que mantiene los ritmos de la vida. Sin ese vínculo no es posible el ciclo alimentario, el crecimiento, la salud y la cooperación fundamental que nos permite coexistir con bienestar. La ética de la necesidad del agua nos iguala a todos, humanos y no humanos, en un delicado lazo azul. Pero este lazo de necesidad está siendo alterado de forma dramática por las actividades humanas, que han afectado profundamente las fuentes de agua: extrayendo sin recargar, contaminando sin sanear, acaparando sin devolver, desviando sin reencausar, dañando sin resarcir, utilizando sin cuidar. El lazo azul se está rompiendo gracias a la visión política, económica y cultural de que la humanidad es el fin último de todas las cosas.

La ceguera sobre esta necesidad compartida y sobre este vínculo indisoluble, es el origen de las diversas crisis socioecológicas que han convertido al agua de vida en agua de muerte. Crisis que actualmente se manifiestan agregadas en fenómenos globales como el cambio climático. Pues el olvido clave es que el ciclo del agua y el ciclo de la vida son una sola cosa. No hay progreso humano si este provoca la sed, la enfermedad y la muerte. El progreso humano es una ilusión si lo que provoca en realidad es la desdicha humana y la decadencia planetaria. Las relaciones vitales entre los seres humanos y los seres vivos se deterioran en nombre del artificio del progreso y la acumulación incesante de capital, olvidando que en esa ruptura se nos va la vida misma. Olvidando que lo que le sucede a la Tierra, le sucede a los hijos de la Tierra.

Esta profunda necesidad del agua, nos empuja a replantear nuestra relación cultural con el elemento vital. Se trata de restablecer una relación entre la sociedad humana y el ciclo del agua. Porque el agua no es un recurso, como el leguaje técnico moderno ha querido instalar en nuestras mentes; el agua es un proceso. Reinstalar la comprensión de que el agua es un proceso y no un recurso nos revela la delicadeza de nuestra relación con ella: nos hace entender que si movemos una parte del proceso, movemos el proceso entero. Por eso gestionar el agua no es desarrollar las grandes obras hidráulicas (megapresas, plantas de tratamiento, redes gigantes de colectores urbanos, tuberías de abastecimiento y sistemas de regadíos), como si las obras hidráulicas fueran la fuente en sí misma; sino comprender que somos solo una particularidad del entramado. La infraestructura hidráulica se vuelve un objeto seco si no hay ríos, lagos, agua subterránea y lluvia: si no hay agua de vida. Gestionar el agua no es crear objetos que la contengan o la distribuyan; es conocer nuestra dependencia total del ciclo y desde ahí establecer nuevas maneras de aplicación tecnológica, científica, administrativa, política, económica y cultural, que correspondan al ritmo del ciclo hidrológico, al proceso del agua. Armonizar nuestro conocimiento humano con la sabiduría del ciclo del agua es el gran reto cultural de nuestra época.

En esta línea de pensamiento sobre el agua se constituye el programa CulturATL: un programa de gestión cultural y de arte con causa. En lengua náhuatl la palabra atl significa “agua” y se encuentra en la base misma de la cultura náhuatl, como lo demuestra su construcción nahua y atl, que quiere decir “lo que fluye bien” o “nuestro fluir”, y que también se relaciona con la palabra nahuati, o sea, “que suena claro”, “que es palabra honesta y resonante”. Para los pueblos antiguos de México, el agua suena, se manifiesta en un sonido deseable; el cuerpo en el agua chapalea, resuena placentera y armoniosamente. Podríamos incluso pensar que la palabra atl, el agua, se forma por el prefijo a, que es una negación, más el sufijo tl, asociado a la superabundancia; si es así, la palabra atl implica una ética y una estética de lo precioso “que no abunda”, que hay que cuidar y respetar porque desde su concepción profunda, “el agua no sobra”, “no debe tener desperdicio”, sino que es siempre justa. De esta manera el agua es la fuente del cualli nemiliztli, el “buen vivir” que no tiene desperdicio y en su propio curso busca el equilibrio y la justicia.

Nos atrevemos a hibridar la palabra cultura (por el concepto latino de cultivare, de clara connotación agrícola, pero también ecológica y existencial) con la palabra atl, porque consideramos que tanto desde el enfoque de la civilización occidental, como desde el México profundo, el agua es preciosa para la existencia vital; es preciosa para nuestro deleite de los sentidos y para nuestra nutrición y cultura; es preciosa para que podamos comprender cómo toda la vida sobre la Tierra y el planeta mismo son un flujo donde todos nos encontramos. El concepto CulturATL pretende así reconciliar dos visiones del mundo: un mestizaje de culturas y seres que desde México entiende la orografía con todas sus implicaciones sociales, de producción y comunicación, como un relieve global perfilado y modelado por los flujos vitales del agua.

CulturATL nace entonces del conocimiento de la justicia y de la emoción que produce el agua. Comporta la necesidad de un nuevo pacto humano con todo lo que fluye y fecunda la Tierra. Es un mensaje cultural y artístico urgente, para que la vida humana reconstituya su amor, su cuidado y su respeto por todo lo que crece entramado a nosotros mismos y gracias a nuestro delicado lazo azul.

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